Para disimular que hoy es Martes de Carnaval, sería necesario una máscara griega para esconder las quinientas diez palabras que componen esta columna. Si usted se decide a leerla, se podría pensar que su redacción ha tenido sentido. O no, que para eso es tiempo de antifaz y de confundir, incluso, a quien las ha escrito.
Los clásicos helenos sabían cómo utilizar las máscaras para obtener réditos. El uso de estas carátulas para esconder la realidad -o para ofrecer otra imagen de lo que somos o queremos ser-, sobrepasa el perímetro temporal de las carnestolendas. La máscara, en estos tiempos, es un elemento de supervivencia. Imprescindible y cotidiano en muchas relaciones afectivas, sociales, familiares y, por supuesto, políticas. Su uso no está restringido al Martes de Carnaval. Va mucho más allá.
Por ello, camuflar y cargar en esta columna el simbolismo en el día de hoy, se presenta harto complicado. Sería menester para su entendimiento, recordar los tipos de máscaras utilizadas por los griegos en sus obras teatrales. Creadas hace miles de años, continúan fascinando y engatusando los corazones y la imaginación en todo el mundo.
Evocar esa herencia clásica, quizá facilite el entendimiento de la realidad que nos rodea en nuestros días. Especialmente, en la política. De hecho, muchos de nuestros representantes son expertos en su uso diario. Suelen utilizar máscaras sin goma, y algunos no se la quitan ni para acudir al cuarto de baño. O al escaño.
Recordemos primero las máscaras trágicas. Se usaron en obras de teatro que trataban temas serios y oscuros, como la muerte, la traición y la venganza. Las expresiones en estas máscaras eran exageradas, con ojos grandes y abiertos, y bocas abiertas que transmitían emociones intensas y pasionales.
Estaban también las máscaras cómicas, utilizadas en obras de teatro destinadas a generar humor. Las expresiones eran más sutiles que las de las máscaras trágicas, con ojos y bocas más pequeños que transmitían sensación de alegría. Se utilizaban con personajes que a menudo eran vistos con pocas luces.
Las máscaras de sátires se usaron en obras que tenían un tono más erótico. Se asociaron con personajes que eran sexualmente promiscuos. Eran reconocidas por sus apéndices exagerados, como narices y orejas grandes, y solían estar acompañadas con disfraces de animales.
Por último, es obligado citar a las máscaras de coro. Lo formaba un grupo de actores que proporcionaron comentarios sobre la acción de la obra, y sus máscaras fueron diseñadas para representar a diferentes grupos, como soldados o gente del pueblo. Se usaban para señalar cambios en el tono o el estado de ánimo.
En estos tiempos, todas esas máscaras griegas se han tornado en declaraciones narcisistas, descabelladas, irreverentes, desproporcionadas, simplonas, cómicas, políticamente correctas o simplemente en silencios. Son fruto de la ingeniería social dominante. A veces provocan humor, y en otras ocasiones alertan de la tragedia. Como en la Grecia clásica, son aplaudidas o rechazadas por un coro impecablemente sincronizado. Las máscaras de hoy deforman titulares periodísticos, y los ponen al servicio de objetivos oscuros, sectarios y partidistas.
Feliz Martes de Fake.