En la mayoría de los hogares manchegos de antaño, el pozo ejercía sana gobernanza en el patio que presidía. Era el centro gravitatorio de la casa, y el testigo faraónico de todo lo acontecido en el solar. El pozo era un miembro más de la familia. Un elemento indispensable de la misma. Confesor y testigo mudo de confidencias, traiciones, murmullos, amoríos y silencios. A cambio de su cuidado y protección, el pozo regalaba lo mejor de sus entrañas a quienes respetaban sus ancestrales y sabias leyes.
A su alrededor giraban los moradores de la casa y sus visitas, a quienes calmaba la sed y concedía discreción. De su seno manaba agua fresca y clara para todos. Sin excepción. Los más pequeños escuchaban las historias familiares y vecinales que brotaban cerca de él. Como en la escuela, los niños aprendían de memoria los peligros que suponía acercarse demasiado a ese oscuro agujero, cuya profundidad solo era conocida por el sonido de la cubeta al caer en el agua.
Generación tras generación, en todas las casas regentadas por un pozo, se aprendían sencillas lecciones. Su incumplimiento acarreaba males comparables a las plagas de Egipto. La primera de esas normas era que el pozo siempre tenía que estar sano, y no ser un estercolero. Si lo maltratabas y depositabas en él inmundicias y basuras, su agua dejaría de ser potable y traería desgracia a quien la bebiera.
Otra de las leyes conllevaba una disciplina férrea en su proximidad y aledaños. Quien se asomara en demasía a su fondo, corría el peligro de caer en él. Y eso no era lo peor. Lo más dramático -y de ahí la enseñanza-, es que del pozo raramente se salía, si se exceptúa la tradición de lo que cuentan de San Isidro, y de cómo su hijo salió del pozo que existía en la casa del santo labrador.
En los últimos tiempos –y a la vista está-, en el patio nacional no se cumplen las reglas del pozo. Su fondo se ha llenado de mentiras, bulos, ignominias y traiciones. De injustas e insolidarias financiaciones singulares, y de resorts en el Caribe. También de masters impropios de una universidad respetada, y de contratos laborales evaporados en un pentagrama, o en una casa de citas. El último estiércol que se ha vertido en él, es un proyecto para derribar las lindes de la casa más antigua de Europa. Se pretende modificar sus tabiques con sectarios y racistas planos, diseñados por quienes se autoproclaman los únicos dueños del solar. Un terreno que, hasta hace poco, era conocido como un oasis.
Nuestro patrio pozo rebosa basura y amenaza con desbordarse. Ahora es una fosa séptica a la que da miedo asomarse por el hedor que exhala. Su pestilencia es insoportable y ya a no vale taparse la nariz.
La segunda ley del pozo también tiene vigencia en estos tiempos. Quienes han caído en él y lo han llenado con sus deshechos, tienen difícil salir. Ya es un pozo negro.