Escribir sobre huevos, no es lo mismo que escribir con huevos. En esta columna no encontrará el lector ni una cosa, ni la otra. Lo que hallará, será un intento para que usted pase un rato agradable durante los próximos minutos de lectura.
El propósito final, estimado lector, es que olvide en las siguientes líneas los tambores de guerra que nos acechan, el infantil kit de supervivencia bélica que nos aconsejan adquirir, así como la situación política en España (esto seguramente será lo más difícil). Y por supuesto, que borre de su mente el careto de algunos políticos que rigen su destino y se resisten a dejar de hacerlo (pese a no presentar Presupuestos Generales de Estado, como obliga la Constitución).
Vayamos a la yema. El precio de los huevos ha subido exactamente eso, un huevo. Los denominados 'M' y 'L' han elevado su precio porcentualmente más que los procedentes de gallinas camperas. Y estos, han subido más que los ecológicos. En un año, los 'L' han subido de media un 15,4%. Los originarios de gallinas sueltas un 20%, y los ecológicos en torno al 7%.
De manera clara, el disfrute de un huevo frito con su puntillita, tiende a convertirse en un plato de lujo. El placer de mojar pan o patatas en una yema tan reluciente como la máscara de Tutankamón, ha sido eternamente un regalo del cielo. Ahora, ese disfrute tan sublime, corre el peligro de ser tan exclusivo como lo son las huevas del caviar.
La culpa de todo ello dicen que la tiene Trump. Que su llegada a la Casa Blanca ha traído las siete plagas de Egipto. Una de ellas, la gripe de aviar, se ha llevado por delante miles y miles de gallinas. La psicosis colectiva en uno y otro lado del Atlántico va en aumento. Peligran hasta el logotipo del Kentucky Fried Chicken, y el emblema de nuestros vecinos galos.
Cuentan que, en Estados Unidos, un negocio prolifera en las últimas semanas. Se trata del alquiler de gallinas, con opíparas ganancias para todos. Usted alquila una al granjero, y se la lleva a su casa para rentabilizar y capitalizar la producción de huevos en su domicilio. Eso sí, el manual de alquiler advierte de los peligros de coger aprecio a la gallina.
Hablando de afectos. En España, hace años, estuvo de moda la venta de pollitos teñidos de colores. Los niños se pirraban por el animalito, y los papás se llevaban a casa al pollito tuneado. Las crónicas consultadas no dejan claro cuál fue el último fin de esas crías avícolas. Si en pepitoria, al horno, o sufrieron el abandono de la calle. Hoy, esos pollitos tendrían un fin más crematístico por el aumento de la demanda interna y la exportación.
En el final de esta columna, usted puede pensar que «le importa un huevo lo que ha escrito el pollo que la firma». Recuerde que, con lo que se nos viene encima, habrá que «echarle más huevos al tema». Aunque estén más caros.