Siempre quedaba la esperanza de que, cuando un psicópata llegaba a la cúspide del poder de un país, hubiera los suficientes contrapoderes para evitar que se pasara de frenada en su forma de actuar. Hasta ahora los personajes más nocivos de la historia reciente estaban en sistemas que permitían la concentración del poder en pocas manos. Ejemplos ha habido en los dictadores del siglo XX, de los que Hitler y Stalin fueron los ejemplos más significativos. Luego ha habido muestras de lo mismo en países que, por su poca significación en la escena mundial, dejaban sus atrocidades en casa. Y llegábamos al siglo XXI con la confianza en que el poder de los sistemas democráticos permitía ejercer un cierto sistema de tutela para evitar que el Mundo tuviera que estar pendiente del capricho de unos pocos. Los conflictos entre sunitas y chiitas, la actitud más o menos chulesca de los regímenes venezolano y cubano, las brutalidades de grupos terroristas o la respuesta inadecuada de Gobiernos que, aunque legítimos, no respetaban las reglas de juego. Pero, parecía que todo se podía reconducir y que, antes o después, el sentido común y el poder de las instituciones reconduciría la situación. Pero todo se disloca cuando aparecen algunos personajes cuyo poder condiciona las reglas de juego mundiales. Ahora sí que podemos considerar que toda situación, por mal que esté, puede empeorar. A lo largo de la Historia, el imperialismo de las grandes potencias marcaba donde se jugaban determinadas partidas, y los demás países estábamos condenados a acogernos a la protección del guardián de turno. Al término de la II Guerra Mundial, Europa Occidental quedó bajo el paraguas de los EE. UU. mientras que Europa Oriental se incorporaba a la Unión Soviética. El hundimiento de esta marcó el fin de una era que no se ha podido, o sabido, sustituir por una nueva en la que Europa pueda jugar sus cartas. Ahora estamos en manos de dos personajes a cada cual más curioso, Putin de un lado y del otro Trump. Quieren repartirse el mundo y Europa está de invitada de piedra en esta fiesta. ¿Quién se quedará con nosotros? Y no es cuestión de echar las culpas a los demás, todos podemos hacer algo en este nuevo escenario, aunque solo sea aportando nuestro granito de arena. Reflexionemos, opinemos y votemos en consecuencia.