Esther Durán

Serendipias

Esther Durán


El asesino

21/03/2025

Hace unos días, le pedía a un grupo de alumnos, que rondan los 16, que apuntaran el título de la novela que vamos a leer en las próximas semanas. Me pregunta uno de ellos, ávido lector, que de qué va, le digo que no quiero adelantarle nada, que estoy convencida de que les gustará, que no esperan ese tipo de argumentos en una lectura recomendada, entiéndase, obligatoria. Pero como insiste, accedo, es una novela negra. Que qué es eso, dice alguno, el interlocutor que por qué no leemos algo de, digamos, innombrable, por dejarles a ustedes que pongan aquí el nombre que deseen. Me pongo ojiplática a propósito, respondo que como que por qué, porque prácticamente debería estar prohibida esa literatura que lleva al extremo el género y provoca náuseas. Más ojiplático él, pero profe, dónde queda entonces la libertad de expresión. Pues en el derecho al honor, la intimidad, sobre todo de víctimas y en hacer un magisterio gratuito de la peor y más obscena violencia que puede pudrir el cerebro de algunos y llevarlos a imitarlo, por vete tú a saber qué razón. No llegamos a un acuerdo, pero es más enriquecedor ese esfuerzo por debatir y entendernos, en el que participan más compañeros, que los valores del se que pensaba repasar. 
Precisamente este tema, esta semana, cuando, atónita, leo que van a publicar un libro en el que José Bretón confiesa el crimen de sus hijos. El infame asesino necesitaba informar de su arrepentimiento y por eso confesó, al fin, su delito al autor del libro durante un encuentro que tuvo lugar hace dos años. Por ahora, no verá la luz, ni Bretón, ni «El odio», título escogido para publicar la reconstrucción del crimen y una radiografía del ser infame. Ha sido necesario que la madre denuncie ante la Audiencia Provincial y la Fiscalía que incurría en una vulneración del Derecho al Honor, la Intimidad Personal, Familiar y a la Propia Imagen. ¿En qué momento alguien entiende que es buena idea dar espacio a algo así? Es desolador e indignante que una víctima tenga que serlo reiterada e indefinidamente, no sólo por el sistema judicial, también por el afán narcisista de unos y otros. Ahí se queden en la cajita bien guardados. Todos.