Jorge Jaramillo

Mi media Fanega

Jorge Jaramillo


Borrachera arancelaria

17/03/2025

Con la vendimia en marcha en los países del hemisferio sur del planeta, el sector vitivinícola europeo sale del letargo invernal con un inesperado sobresalto ante los nuevos desvaríos y la borrachera arancelaria de Donald Trump, que lejos de rebajar tensión para buscar acuerdos, amaga ahora con subir los impuestos a los operadores y bodegueros del Viejo Continente en un 200%, siempre que Von der Leyen no cancele los anunciados, en este lado del charco, para su whisky.
Resulta indignante y muy fariseo que el país que se erige en pacificador y mediador entre Rusia y Ucrania para que termine la invasión de Putin, agite y azuce otras guerras comerciales que cada semana escalan hacia un precipicio de consecuencias económicas todavía incalculables.
Así pues, el mensaje, tan improvisado como repentino e increíble, deja un ambiente avinagrado para las mejores relaciones transatlánticas que dificultará -a buen seguro- las negociaciones para futuros acuerdos, partiendo al menos de una posición tan exagerada nunca antes vista. Contra esta actitud, la Unión Europea asegura estar preparada para responder desde el 2 de abril. Y este es el otro abismo que veremos a quien protege o a quien arrastra.
Porque el problema de esta nueva amenaza no es solo que se materialice; es también peor la desconfianza que genera en el comercio internacional que ya ha empezado a blindarse frente a la provisionalidad con medidas similares que abren un escenario proteccionista inédito para la agroalimentación más exportadora en este siglo XXI. 
Así por ejemplo, sectores como el del porcino, que ya sufrió en julio de 2014 el portazo de Rusia con el veto a toda la importación, y tuvo que buscar alternativas en Asia, calibra ahora el alcance de las nuevas decisiones estrictamente políticas, que obligarán a muchas empresas a recalcular su ruta como cuando el GPS detecta un callejón sin salida.
En la lonja de Mercolleida, por ejemplo, reconocen que la «guerra» contra México, principal destino del 40 por ciento del porcino que sacrifica Estados Unidos, provocará cambios inevitables y quien sabe si oportunidades para la competencia; ¿será China, el productor más grande del mundo, quien ocupe ese espacio? ¿O los excedentes que no pudieran vender los norteamericanos acabarán en otras latitudes a bajo precio, contagiando al resto de comerciantes?
En este sentido, ¿qué pasará si la soja estadounidense se topa contra un muro de tasas en los puertos y aduanas comunitarias? ¿Quién gana exactamente, o quién pierde con las ensoñaciones del «América First» que ahora busca con desesperación en Europa y en Asia hasta 100 millones de huevos para cubrir la demanda del mes que viene? En algún momento, los propios agricultores que aplaudieron en campaña el discurso, empezarán a hablar o a pedir cuentas, como hablan ya aquí los cerealistas, contrarios a que Europa grabe con más tasas a los fertilizantes rusos.
Pero volviendo a la vendimia, ¿serán los vinos argentinos, chilenos, sudafricanos o incluso australianos, lo más beneficiados por las medidas de Trump?
Por si acaso, las patronales han pedido a la Unión salir de la disputa para no ser rehenes de decisiones geopolíticas que solo perjudicarían a la botella y a todas las inversiones realizadas estos años para crecer en espacios como este.
Así las cosas, el comisario de Agricultura, Christophe Hansen, va a tener que actualizar su mapa para el vino y reforzar las políticas de promoción como ya avanzó en su visita a España. En abril, hará sus propuestas, en junio, capitaneará una misión a Japón, al tiempo que lanzará otra en Brasil. Pero ¿será suficiente?
Quizás no quede otra que esperar a ver por dónde sale la resaca. De momento, Castilla -La Mancha seguirá plantando. Esta semana, la Consejería abre una nueva convocatoria de reestructuración y reconversión del viñedo con 30 millones de euros, a los que espera sumar otros 6 que no gastará en vendimia en verde, y otros tantos remanentes de otras regiones con los que ya cuenta para este proceso.