Leo el resultado de una encuesta realizada entre los agricultores de Estados Unidos que apunta que podría estar debilitándose su respaldo a la política arancelaria de Donald Trump, apenas tres meses después de asumir oficialmente el poder.
Aunque parece una muestra poco representativa por la dimensión del país, Agweb habría recabado la opinión de 3.000 personas de las que el 54 por ciento se habría mostrado en contra de seguir utilizando los aranceles como herramienta de negociación comercial, frente al 41por ciento que seguiría seducido por la ilusión de blindar las fronteras con fuertes subidas de impuestos para dar preferencia interna a una economía que, sin embargo, exporta a todo el mundo, y que se ha desarrollado gracias a la globalización, como en tantos otros continentes.
La misma encuesta también habría planteado si esperaban una compensación del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos en el caso de que una «guerra comercial» afectase al sector agrario, y en este punto, un 36 por ciento opinó que no, un 34 dijo que sí, y otro 30 que no estaba seguro.
Otros estudios publicados por el 'Farm Journalist Ag Economists' aluden igualmente al escepticismo de economistas agrarios norteamericanos sobre supuestos resultados beneficiosos a largo plazo. Incluso, según han recogido algunos medios, la secretaria de Estado de Agricultura de EE.UU., Brooke Rollins, habría reconocido en el 'Agricultural Outlook Fórum' el impacto inmediato y las repercusiones en las comunidades agrícolas y ganaderas, para comprometer su intención de estar presente en las decisiones que pudieran garantizar medidas de apoyo que paliasen posibles daños el sector.
El economista español y consultor estratégico, Juan Vilar, aseguró el jueves en Toledo, en el evento 'PRODICA', que organizó Solagro con proveedores de maquinaria, servicios, y empresas de construcción para el sector del pistacho, del vino y del aceite, que algunos como estos, podrían esquivar la amenaza de los estrambóticos gravámenes, porque su aplicación en el anterior mandato ya habría permitido a las empresas organizarse.
Aunque una subida al vino, siempre sería más delicada por el retroceso que podrían experimentar países como Francia, en el caso del aceite de oliva, siendo España el principal productor del mundo, no representaría hoy una amenaza para las empresas americanas ya que Estados Unidos apenas produce 15.000 toneladas de esta grasa cuando su consumo supera ya las 350.000.
Con estas cuentas, y aunque otros mercados pudieran tener ventajas competitivas, en el caso de que Trump repicara el modelo de sanción al aceite como hizo con el conflicto aeronáutico entre Airbus y Boeing, las grandes firmas españolas habrían aprovechado el tiempo estos años para contar con estructuras de envasado en el país. Recordemos que en 2018, el castigo ideado por el mandatario republicano pesó sobre el aceite envasado con origen España, y no de Italia ni de otros productores europeos, en este sentido.
Portugal sigue incrementando su potencial de aceite de oliva con toda la superficie plantada, y otros mercados como Turquía, Túnez o incluso Marruecos podrían incrementar su cuota de exportación, aunque recuerda Vilar, que Estados Unidos es un mercado que necesita de grandes volúmenes, y eso solo lo puede asegurar España que ya vende allí unas 110.000 toneladas.
Por todo, ¿es hoy el aceite de oliva una grasa tan estratégica y sensible para presionar políticamente a Europa? Los consumidores americanos, cada vez más seducidos por los beneficios saludables de su ingesta, si tuvieran que pagar más precio, ¿no deberían también opinar?