La disposición de Trump a negociar con Putin sobre el fin de la invasión rusa de Ucrania sin la participación del presidente ucraniano Zelensky o con su participación meramente formal recuerda a Neville Chamberlain, el primer ministro británico que juntamente con el presidente francés Edouard Daladier acordaron en 1938 con Hitler, en unas negociaciones en las que no participó el gobierno checoeslovaco, que Alemania se anexionara territorio poblado por alemanes en la entonces Checoslovaquia. Hitler no respetó el compromiso de respetar la soberanía checoeslovaca sobre el resto del país y en marzo de 1939 lo ocupó en su totalidad.
Es posible que el presidente americano quiera el entendimiento con Rusia para poder centrarse en su política respecto a China, como Chamberlain pudiera haber querido un acuerdo con Alemania para hacer frente a la amenaza de Rusia. La historia de la II Guerra Mundial y sus consecuencias no dejan ninguna duda sobre el error de apreciación de Chamberlain.
Frente a Chamberlain, se eleva la figura de Churchill. «Entre la guerra y el deshonor habéis elegido el deshonor y tendréis la guerra», fue la frase lapidaria y premonitoria de quien dirigió los destinos de Gran Bretaña durante los años terribles de 1940 a 1945 y de quien precisamente en este 2025 se cumplen sesenta desde su fallecimiento.
Churchill era la representación de la victoria, de la afirmación de los principios y la conservación del país frente a los ataques externos. Se trataba de defender la supervivencia y los principios; sin la vigencia de los valores y principios a la larga también cae la supervivencia; sin independencia real respecto de un tercero, se podrá seguir existiendo formalmente pero diluido, confundido con el tercero. Pero también era la imagen del sufrimiento resumido en su «No tengo nada que ofrecer excepto sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» del celebérrimo discurso del 13 de mayo de 1940. Cada vez que se producía una dificultad, decía la verdad a los ciudadanos. Y por ello, cuando anunciaba buenas noticias tenía una credibilidad máxima.
Salvó a su país y, sin embargo, perdió las elecciones generales celebradas el 5 de julio de 1945 que había convocado inmediatamente después del levantamiento del estado de guerra. Probablemente, según manifiestan historiadores y biógrafos, como Roy Jenkins en su espléndida obra 'Churchill', escrita por un contemporáneo del primer ministro y con una información formidable, derivada de su condición de parlamentario, ministro en varias carteras, canciller de la Universidad de Oxford y presidente de la Comisión Europea, su derrota es el resultado de diversos factores, como unos discursos radiofónicos electorales equivocados y desafortunados, aludiendo a la implantación de una especie de Gestapo por el partido Laborista en caso de victoria; no contemplar medidas propias de un Estado de bienestar en su programa y ser Churchill precisamente imagen y recordatorio del sufrimiento y penalidades pasadas.
Naturalmente, hay luces pero también sombras en el pensamiento de Churchill pero, en estos momentos que vivimos ahora, es importante significar su sentido institucional y de Estado. En la Conferencia de Potsdam, en la que Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética se reunieron para seguir diseñando el nuevo orden de la postguerra, y que se inició el 17 de julio, el todavía primer ministro, porque aún no se conocía el resultado electoral, se hizo acompañar por Clement Attlee, el líder laborista, para que tuviera pleno conocimiento de lo que se estaba discutiendo y pudiera asumir con garantías el papel que le correspondería en caso de que llegara a ser, como sucedió, el nuevo primer ministro.