Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


El cielo de Tánger

19/02/2025

Existen ciudades que poseen un cielo especial. Toledo es una de ellas, y sin el extraordinario color de sus cielos, con sus diferentes variaciones a lo largo del día, no se puede entender la pintura del Greco. Hay pocos instantes tan intensamente bellos como contemplar el atardecer sobre la ciudad imperial desde el Valle, aunque mi preferido es el estallido de dorados acariciando los muros de San Juan de los Reyes, modulando esculturas y pináculos, tornasolados como un joyel de oro en manos de un orfebre.
Esta belleza la he podido ver repetida en Tánger. La ciudad es en sí misma un tapiz en el que se superponen culturas, razas, religiones, desde sus orígenes romanos. Adentrarse en la medina significa sumergirse en un abigarrado mosaico de colores, olores, sonidos y poder degustar exquisitos sabores. Aquí se aspira el intenso olor de las especias, allá el del pescado recién traído a la lonja situada junto a las viejas escuelas españolas de Alfonso XIII. La plaza 9 Avril o Grand Socco, bulle de gente al atardecer, especialmente el viernes, con familias que pasean, turistas que deambulan, niños que juegan y jóvenes que charlan, mientras desde el alminar multicolor de la mezquita de Sidi Bouabid el muecín llama a la oración. Me encanta perderme entre los callejones, mimetizándome entre los paseantes –mi amigo Mohamed afirma que con chilaba parezco un auténtico marroquí-, observando con mirada de antropólogo los mil y un detalles que componen vida tangerina, desde los puestos de deliciosos dátiles, una verdadera obra maestra de ingeniería en sus ambarinas pirámides, hasta los vendedores ambulantes de todo tipo de ropa o calzado que se apiñan junto a los muros de la vieja legación británica. 
Pero es el cielo lo que más apasiona de Tánger. Ese azul límpido, que en días despejados permite divisar, al otro lado del Estrecho, las blancas casas de Tarifa o la mole arrogante del Peñón de Gibraltar. Un cielo que a lo largo de la jornada va transformándose, ofreciendo mil y un matices, hasta que al caer el sol, se superpone en capas azuladas. Pocos atardeceres he visto tan hermosos como el que desde la ventana podía disfrutar al mirar hacia el minarete de la moderna mezquita de Mohamed V, una réplica, con su sebka de rombos, del de la Kutubía de Marrakech, la torre hermana de la Giralda.
Esos cielos condujeron a Tánger, especialmente durante los años en que fue ciudad internacional, a diferentes artistas, sobre todo pintores, que se dejaron enamorar por ellos. Eugène Delacroix, Henri Matisse, Charles Camoin –quien descubrió aquí el gozo de pintar-, entre otros, plasmaron la belleza tangerina en sus cuadros. William Burroughs o Mohamed Chukri son incomprensibles en su literatura sin conocer los rincones de la ciudad, algunos de sabor netamente español, como las calles que bordean el cementerio judío, con el teatro Cervantes.
Cielos de Tánger, cielos de Toledo. Ambos enamoran.