Miguel Ángel Sánchez

Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Llueve

07/03/2025

Llueve. Por la mañana los mirlos ya madrugan y me reciben con su escándalo de marzo. A media mañana, entre el jaleo de los coches salpicando, la gente que pasa rápida, y el estruendo grosero de las cotorras argentinas, escucho al carbonero, al verdecillo cimero, un pinzón más lejano. Cierro los ojos y los veo. Todas las mañanas abro las persianas para que entre la vida. Por las ventanas sucias veo pasar torcaces y urracas a los cipreses recortados, a las arizónicas espléndidas. Pasan nubes urgentes, desde el sur, desde el norte, desde el este y el oeste. A veces vuelve a llover. Otras el cielo se vuelve gris plomo, como una placa pulida que retuviera voraz todos los grises del mundo conocido. A veces un rayo de sol, velado.
He visto la luna creciente, de anochecida, entre unos girones. No se atrevió a salir. No la dejaron. Un cárabo lejano y sapos corredores en la dehesa. En la ciudad hay estrellas, pero se esconden sobre los patios de luces de los bloques más pobres. En su profundidad viven planetas y Orión pasa cada noche. Antes venía el cernícalo a su atalaya de aleros y tejas. Pero ya no lo hace. Antes escuchaba el crujido nocturno del pasar de la lechuza. Ya no. Sólo el roce intuido de las alas de seda del búho real acechando las torcaces dormidas en los eucaliptos. Cuando llego, de madrugada, se asustan y sueltan un vuelo vertiginoso e imparable. Todavía no me conocen. Pronto dormiré con las ventanas abiertas para que entren, de madrugada, cárabos y vencejos en sus noches de vuelos y sueños. Dejo a mis lagartijas jóvenes dormir como pequeños dinosaurios al sol tibio de las mañanas. No las molesto. Juegan entre ellas. A veces, frías, las recojo y deposito en su refugio. Duermen mis salamanquesas parapetadas tras El vizconde de Bragelonne. Sólo salen, tímidas a ver qué pasa, cuando enciendo la chimenea y caldeo el ambiente.
Llueve. Camino y me detengo en los charcos someros donde la ciudad se refleja. La vida es más perfecta en un espejo. Recortada, seleccionada, definida. Puedes elegir el encuadre. Lo que ves. Lo que no. A veces alguien irrespetuoso pisa su superficie, o la cuza un coche y la desventra, y el mundo se vuelve ondulante, concretando su fragilidad perfecta. Llueve, cierro el paraguas y dejo que la lluvia me moje, y levanto la cabeza al cielo, como el indio que guarda aquel museo de Boston. La lluvia. Siempre la lluvia.

ARCHIVADO EN: La Dehesa, Dinosaurios