Extraño giro de España. O no tan extraño. Cuando somos miembros de pleno de derecho de Europa; cuando España no es un país comparsa, esperando migajas económicas para su crecimiento, sino que opina, decide e influye; cuando la economía española es de las que más crece en Europa; cuando dispone de un presidente solvente que participa y condiciona los acuerdos; cuando todo esto sucede, renace con la virulencia de atavismos del pasado en la derecha y una parte de la izquierda, la tentación del aislamiento. Coinciden ambas en encerrarse en el corralito interior donde dirimir sus cuitas. Cada una a su modo, con discursos reaccionarios una y con discursos de utopías desfasadas otros, vuelven al ensimismamiento tradicional donde los conflictos fratricidas son más fáciles. Que coincidan la derecha y la pretendida izquierda a la izquierda del PSOE se repite desde hace siglos, aunque esas coincidencias aparentemente se produzcan por motivos aparentemente diferentes. Tanto una como otras encuentran su zona de confort en los discursos caseros.
La derecha históricamente prefiere como campo de acción el ámbito interno. Son dos siglos de aislacionismo territorial, contando historias inventadas de siglos pasados. Mejor los Reyes católicos que el Renacimiento, mejor la Inquisición que la Ilustración, mejor los golpes de estado militares del siglo XIX que el ejercicio de la democracia, mejor el pasado que el futuro. El pasado es más fácil de inventar, el futuro es más complicado de gestionar. La derecha española actual ha votado en contra de la creación de una Agencia de Salud Publica como rabieta por que unas enmiendas suyas no fueron tramitadas en la mesa del Congreso. Se posiciona en contra de la estrategia de defensa europea porque es el presidente Sánchez quien presenta la iniciativa en el Congreso de los Diputados. La frivolidad política frente a un mundo que se tambalea. Les mueven más las derrotas parlamentarias que la salud o el futuro de España. Son las veleidades de la derecha.
En la tradición aislacionista de España, en los tiempos de Fraga, se opusieron al ingreso de España en la OTAN, a sabiendas que esto condicionaba la adhesión a la Comunidad Económica Europea. Europa necesita refundarse para su defensa y subsistencia tras la espantada del presidente Trump y la ofensiva de Putin y el PP se entretiene en juegos triviales de política domestica. Desde el siglo XIX, España ha vivido encerrada sobre sí misma, lamiéndose las heridas de un Imperio perdido. Al margen de los movimientos y de los procesos que se producían en el resto del Continente. La soledad de España se afianzó tras la dictadura y el primer amago de participar en política internacional lo hizo el presidente Aznar, implicando el nombre de España una guerra contra unas armas de destrucción masivas inexistentes.
En cuanto a la izquierda, supuestamente a la izquierda del PSOE, se sitúa en la tradición del pacifismo europeo de la Guerra Fría en la que los partidos de inspiración marxista o comunista profesaban un desarme que ninguno de los protagonistas de esa guerra fría realizaba. La izquierda amaba la paz de los años sesenta y predicaba el desarme para habitar en un mundo irreal. Soñaban con las revoluciones proletarias construidas a golpe de grandes declaraciones más poéticas que políticas. Europa, a pesar nuestro ha cambiando, por que el amigo americano al que antes se quería lejos, pero no demasiado, ha decidido poner fin a un modelo de relaciones internacionales en el que Europa no tiene cabida. Se creó la Unión Europea, en versión de Trump, para fastidiar a una Norteamérica ingenua de la que todo el Continente se ha aprovechado. Europa en realidad es un estorbo para la adhesión de Groenlandia con la que sueña Trump. Para la izquierda nada de cuanto está sucediendo es relevante. Por supuesto, no a ningún tipo de guerra.