La primera vez que vi a José Luis Reneo fue en el refectorio del antiguo convento de los agustinos recoletos, convertido con el tiempo en uno de los espacios del Museo Ruiz de Luna, bueno -él me corregiría - del Museo DE CERÁMICA "Ruiz de Luna". Era una mañana de invierno.
De su amor a la cultura y muy especialmente a la cerámica había surgido la Asociación de Amigos del Museo que, desde entonces, ha promovido gran cantidad de exposiciones y de actos culturales contribuyendo, por medio de ella, con sus geniales ideas -y muchas veces con su propio dinero- a la culminación de proyectos que ponían de manifiesto su pasión por la cerámica talaverana.
En este sentido, no se puede olvidar, entre sus múltiples facetas, la de coleccionista, destacando, entre otra diversidad de objetos artísticos de indudable valor, su colección de cerámica, de forma que muchas de sus piezas han convivido con las de la colección Ruiz de Luna en numerosas exposiciones temporales figurando de forma anónima con el secreto orgullo de su propietario. En esas ocasiones, en su mirada, era fácil percibir la fascinación que la belleza del barro transfigurado en paneles y piezas diversas despertaba en él y, ahora, no puedo evitar recordar el movimiento de sus manos en los últimos días de hospital para contonear, a pesar de la debilidad, de forma lenta, muy lenta, el perfil sinuoso de su última adquisición: un ánfora norteafricana del Rif.
En sus columnas periodísticas de esta talaverana edición de LA TRIBUNA ha esbozado durante mucho tiempo sus pensamientos, sus pareceres y, desde luego, sus sentimientos. Todos los que han colaborado alguna vez con él en sus escritos y trabajos para catálogos y exposiciones saben de su original forma de creación, servilletas y manteles de papel se poblaban de dibujos y esquemas y siempre había algún amigo dispuesto a transcribir sus ideas que emergían en el momento más inesperado. Pensamientos esbozados a veces de forma surrealista surgían a borbotes de este artista de la palabra, autodidacta, forjado a sí mismo, motivado por la belleza de los paisajes, de los sentimientos, de la música, de la literatura, del arte.
Barrocas sus maneras, tremendo en todo, grande, exuberante, con una inteligencia privilegiada, con una sensibilidad extrema, que convivía con sus propias contradicciones: la educación y la informalidad, la diplomacia y la arrogancia; presumido y vanidoso, a la vez humilde, histriónico y tremendamente extravertido pero a la vez tímido y, sobre todo, bueno, tremendamente bueno y generoso, demasiado; finalmente, anónimo…
Llovía. Era una mañana de otoño la última vez que ya no lo ví. Éramos muchos lo que fuimos a despedirle: autoridades municipales, políticos, galeristas, anticuarios, poetas, historiadores, miembros de diversas asociaciones, la familia, claro; los amigos, claro. Está enterrado, seguramente, bajo el ciprés más alto del cementerio, paradójicamente, a los pies del panteón de Ruiz de Luna, con quien ya comparte tertulias. Había flores, muchas, muchísimas y oraciones de todo tipo que en silencio se elevaban a ese Cielo que siempre buscó. Todo superlativo, como él.
Mañana, a pesar de la lluvia, amanecerá otro día de otoño, y en él y en todos los que le sigan siempre estarás tu, a lo grande, como siempre, invadiendo nuestros corazones de primavera y alegría.
* Técnico del Museo de Cerámica "Ruiz de Luna" y miembro de la Asociación de Amigos